jueves, 29 de enero de 2015

DA MO


Cuando estuve en Pekín, el Destino quiso que me cruzara con un viejo monje, el cual me contó una antigua historia como nunca antes la había oído. Según este erudito, mucho tiempo atrás, en la India, en el seno de una noble familia emparentada con Siddhartha Gautama, del clan de los Sakias,  había nacido un niño muy especial.
Igual que Budha, su padre era gobernador de un pequeño estado, no obstante, era un hombre tirano y déspota. Trataba a sus sirvientes de la peor manera posible, atosigaba siempre al pueblo con más y más impuestos y, por las noches, además de frecuentar la compañía de mujeres disolutas, bebía tanto que se le podía ver deambulando por palacio totalmente ebrio, pateando a quien se cruzara por su camino, vomitando en cualquier rincón y gritando al viento palabras que ruborizaban a cuantos le oían.
Mientras, la madre del niño sufría en silencio los abusos de su marido, las amenazas, los golpes y, entre tanta gente, comenzó a encerrarse en sí misma, entrando en una gran depresión.
A medida que el niño fue creciendo y siendo consciente de su situación familiar, el sufrimiento se fue apoderando de él. Cuando miraba a su padre, la vergüenza le removía las entrañas. Y cuando estaba con su madre, una profunda pena le ahogaba el alma.
Conociendo que, en aquellos tiempos y en aquella tierra, la sabiduría estaba exclusivamente en poder de la casta de los sacerdotes Brahmanes, los únicos que tenían acceso a los Vedas, el joven fue a ver a uno de ellos y le dijo: - Señor, mi padre es un hombre terrible que esclaviza a su pueblo. Come y bebe a todas horas sin parar, se avergüenza a sí mismo y nos avergüenza a todos los demás. Además, quiere que yo siga sus pasos. Mi madre, al contrario, apenas come ni duerme, ya casi no habla y se ha encerrado en sí misma. Un intenso sufrimiento se ha instalado en mi alma y no sé qué puedo hacer para dejar de sufrir, para cambiar lo que está pasando – El sacerdote, mirando al joven, con aires de grandeza, le dijo: - Si quieres dejar de sufrir tienes que recitar diez veces al día tal y tal oración y encender tantas y tantas velas – Así, el muchacho, muy contento, regresó a casa e hizo como el sacerdote le había indicado. Sin embargo, al cabo de unos meses, regresó al templo, buscó al sacerdote, y le dijo: - Señor, he hecho todo lo que usted me aconsejó, pero mi padre sigue siendo un hombre terrible y mi madre sigue sin comer, ni dormir, ni hablar… Mientras, yo sigo sufriendo y no sé qué puedo hacer para dejar de sufrir ni para cambiar lo que está pasando – El sacerdote, enojado, replicó: - ¡Eso es porque no has rezado con fe! Vuelve a casa y pon más fe en tus menesteres. – El pequeño, aunque había puesto mucha fe en sus plegarias, no quiso discutir con el Brahmán e hizo como se le había ordenado, volvió a casa y rezó con mucha más intensidad, no obstante, al cabo de unos meses, regresó a buscar al sacerdote y le dijo: - Señor, he hecho todo lo que usted me dijo, pero mi padre sigue siendo un hombre terrible que se avergüenza a sí mismo y nos avergüenza a los demás, y mi madre sigue sin comer, ni dormir, ni hablar… Mientras, yo sigo sufriendo y no sé qué puedo hacer para dejar de sufrir ni para cambiar lo que está pasando – El sacerdote, harto del mocoso y de sus quejas, quiso cargarlo de rituales, por lo que le ordenó un ayuno sobrehumano seguido de larguísimas oraciones y de una peregrinación a la Ciudad de Varanasi para bañarse en el Sagrado río Ganges – Así, el joven, realizado todo lo anterior, al cabo del tiempo, regresó a ver al sacerdote y le dijo: - Señor, nada de lo que usted me ha recomendado ha servido para hacer cambiar a mi padre, para que mi madre se recuperara y para que yo dejara de sufrir – Pero el Brahmán, encogiéndose de hombros, se dio la vuelta y no le prestó más atención. Así, el joven aprendió que una cosa era la devoción a la Deidad, la necesidad del ser humano de buscar, conocer y comunicarse con la Fuente, con el Ser Supremo, con Dios, e incluso lo propicio que es pedir guía y apertura al Creador, y que otra cosa bien distinta era el modo de salir del sufrimiento, sus causas y sus remedios.
No obstante, reflexionando sobre lo anterior, el pequeño se dio cuenta de que, en aquella sociedad, ligaban íntimamente el sufrimiento con la Voluntad de Dios, y que sólo pidiendo Su Intervención, los hombres eran capaces de dejar de sufrir. Pero él mismo había descubierto que, no por mucho rezar, desaparecía el sufrimiento y sus causas. Su madre, que siempre había sido fiel a su religión, sin embargo, no había podido encontrar el camino de la felicidad. - Por tanto – siguió reflexionando - necesariamente Dios y el sufrimiento deben ir por caminos distintos - En ese momento vio cómo alguien ponía una olla en el fuego para cocinar y pensó - Quizás el sufrimiento sea como el agua de esa olla. Si alguien le acerca una llama, el agua hervirá y, por mucho que yo rece pidiendo a Dios que evite que el agua hierva, mientras no la aparte del fuego, seguirá su proceso natural. Por tanto, mientras no descubra las causas del sufrimiento y, como el fuego, no lo aparte de mí, el agua seguirá hirviendo y yo seguiré sufriendo.
De esta manera, el pequeño se precipitó hacia la búsqueda del conocimiento que le mostrase la vía para salir del sufrimiento y, por el camino, descubrió el budismo y se hizo monje. Años más tarde fue enviado a predicar a China y, en uno de sus retiros, en la íntima contemplación de sus meditaciones, le fue revelado que todo en la naturaleza, como una bella melodía, estaba en perfecta armonía, excepto el ser humano, que se empeñaba en poner la nota disonante. Por tanto, dejándose llevar por la música cósmica que era capaz de oír, tras sus sesiones de meditación, se levantaba e, imitando los movimientos de los animales que veía, danzaba al compás del universo, fundiéndose en un Todo armonioso, percibiéndose, ahora sí, como parte íntima de lo más Sagrado, Equilibrado, Pacífico, Sereno y Perfecto. Como una gota de vida que volvía a la Vida. Como el río que se funde en el mar…  

Este hombre fue conocido en Shaolin con el nombre de Da Mo, donde todavía se guardan algunas de sus reliquias, pero en occidente lo llamamos Bodhidharma, el padre del Kung Fu y de las artes marciales chinas.        

Extracto del Libro: DEL TAI-CHI AL TAO

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