“Como cualquier cuento que se precie debe empezar con la frase “erase una
vez”, permitidme empezar esta historia diciendo: - Erase una vez un abuelito
que todos los días iba a recoger a su nieto al colegio. Junto a su cachorro
Toby, ambos esperaban al pequeño y, cuando salía de clase, de camino a casa,
paraban en el parque para jugar un rato, riendo y saltando hasta la hora
de comer. Pero cierta mañana, mientras el pequeño estaba en la escuela, el
anciano se dio cuenta de que Toby ya no se movía, ni ladraba, ni podría jugar
nunca más. El cachorro había entrado en el Gran Silencio. El hombre,
comprendiendo que su nieto era demasiado pequeño para entender lo que era la
muerte, deseando evitarle cualquier sufrimiento, ideó un plan. Rápidamente
cogió lápiz y papel y escribió una carta que metió en un sobre dibujando algo
parecido a la huella de una pata de cachorro en él. Así, con la carta en el
bolsillo, fue a recoger al pequeño. El joven, al salir y no ver a su mascota,
miró a su abuelo y le preguntó: - Abuelito, ¿dónde está Toby? – No lo
sé hijo mío. Esta mañana encontré su caseta vacía y esta carta en su interior.
Creo que va dirigida a ti. Quizás deberías leerla – El pequeño, con cara de
asombro, abrió la carta y leyó en voz alta: - Hola, soy Toby. Verás, esta
mañana sentí mucha curiosidad por ver mundo, así que me he decidido a salir de
viaje. No te preocupes por mí, te prometo que cada mes te escribiré una carta y
te contaré cosas de todos los lugares donde esté. Te quiere. Toby. – El
niño miró a su abuelo y exclamó: - Abuelito, Toby se ha ido de vacaciones…
¿adónde habrá ido? ¿Cuándo regresará?... - Pero el anciano, encogiéndose de
hombros, contestó:- Creo que tendremos que esperar una nueva carta para
averiguarlo – Así, al cabo de un mes, el pequeño encontró una carta firmada
con la huella de un cachorro en el buzón y, muy contento, la abrió y leyó: - Hola,
soy Toby. Estoy en Venecia. ¡No te lo vas a creer! Aquí las calles son de agua.
Ayer te vi montado en una góndola. Te quiero. Volveré a escribir. Toby – El
pequeño buscó al anciano y le enseño la carta: - Mira abuelito, es de Toby.
Dice que está en Venecia y que me vio montado allí en una góndola. ¿Cómo
puede ser posible si yo no me he movido de aquí? - No lo sé -
Contestó el hombre - Creo que tendremos que esperar más cartas de Toby para
poder aclarar este misterio – Así, al siguiente mes, el pequeño encontró
otra carta en el buzón que decía: - Hola, soy Toby. Estoy en la India. ¡No
te lo vas a creer! Aquí la gente se sienta de una forma muy rara. Llevan
turbantes en la cabeza y se pintan un lunar rojo en la frente. Te vi ayer
cuando te bañabas en las orillas del río Ganges. Te quiero. Te volveré a
escribir. Toby.- El joven, intrigado, buscó de nuevo a su abuelo y le
enseño la carta: - Mira abuelito, es de Toby. Dice que ahora está en
la India y que me vio allí mientras me bañaba en el Ganges. ¿Cómo puede ser
posible si yo no me he movido de aquí? - No lo sé hijo mío – Volvió
a contestar el anciano - Creo que tendremos que esperar más cartas de Toby
para poder aclarar este misterio – De nuevo, al siguiente mes, el pequeño
encontró otra carta en el buzón y leyó: - Hola, soy Toby. Estoy en China.
¡No te lo vas a creer! Aquí la gente se levanta muy temprano para practicar en
los parques de cualquier ciudad una danza muy bella que llaman Tai-Chi. Te vi
ayer cuando danzabas con ellos. Te quiero. Te volveré a escribir. Toby. - Así,
todos los meses el pequeño fue recibiendo cartas de su mascota hasta que cierto
día, el abuelito cayó muy enfermo y no pudo levantarse más de la cama, por lo
que mandó llamar a su nieto y le pidió que abriera el armario. Cuando el niño
lo hizo, de su interior salió un pequeño cachorro que pronto empezó a juguetear
con él, subiéndose por sus pies y mordisqueando sus calcetines. Muy contento,
el pequeño abrazó al perrillo contra su pecho y miró a su abuelito sonriendo - Mira
hijo mío – Dijo el anciano débilmente - ¡Es Toby! – Pero el niño,
examinando bien al cachorro, replicó: - Abuelito, ¿cómo va a ser éste Toby,
si es más pequeño y no se parece en nada a él? – El anciano, gastando sus
últimas fuerzas, le preguntó: - ¿Acaso no puedes quererle como le querías a
él? – ¡Oh sí abuelito! Por supuesto que le querré mucho – dijo el
pequeño – Entonces - siguió el hombre - para ti será como Toby, y tú
para él serás su amigo, como también lo eras para Toby. No te
fijes en la forma, sino en la esencia que guarda esa forma - El pequeño, aun
sin comprender del todo, salió de la habitación para jugar con su mascota, pero
esa misma noche su abuelito entró en el Gran Silencio y murió. No obstante, al
día siguiente, una última carta le esperaba en el buzón. Una carta que ponía: -
Hola hijo mío, soy tu abuelo. Verás, como Toby hace unos años, he tenido que
salir de viaje para ver otros mundos. Igual que él, adonde vaya, te veré en
otros cuerpos, en otros lugares, incluso en otros tiempos… porque te llevo en
mi corazón, y, llevándote en mi corazón, puedo verte en todas partes. Todo en
esta vida cambia pero sigue igual, porque el amor verdadero dura para siempre y
ve más allá de las formas. Por eso no estés triste, porque, si tú también me
quieres, me verás en otros lugares vistiendo tal vez otros vestidos, pero
seguiré siendo yo, y te seguiré amando, porque la muerte no puede vencer al
amor.”
Este y otros cuentos podrán encontrarlos en mi nuevo libro: DEL TAI-CHI AL
TAO. De Ediciones Tao.
