Cuando estuve en Pekín, el
Destino quiso que me cruzara con un viejo monje, el cual me contó una antigua
historia como nunca antes la había oído. Según este erudito, mucho tiempo atrás,
en la India, en el seno de una noble familia emparentada con Siddhartha
Gautama, del clan de los Sakias, había nacido
un niño muy especial.
Igual que Budha, su padre era
gobernador de un pequeño estado, no obstante, era un hombre tirano y déspota.
Trataba a sus sirvientes de la peor manera posible, atosigaba siempre al pueblo
con más y más impuestos y, por las noches, además de frecuentar la compañía de mujeres
disolutas, bebía tanto que se le podía ver deambulando por palacio totalmente
ebrio, pateando a quien se cruzara por su camino, vomitando en cualquier rincón
y gritando al viento palabras que ruborizaban a cuantos le oían.
Mientras, la madre del niño
sufría en silencio los abusos de su marido, las amenazas, los golpes y, entre
tanta gente, comenzó a encerrarse en sí misma, entrando en una gran depresión.
A medida que el niño fue
creciendo y siendo consciente de su situación familiar, el sufrimiento se fue
apoderando de él. Cuando miraba a su padre, la vergüenza le removía las
entrañas. Y cuando estaba con su madre, una profunda pena le ahogaba el alma.
Conociendo que, en aquellos
tiempos y en aquella tierra, la sabiduría estaba exclusivamente en poder de la
casta de los sacerdotes Brahmanes, los únicos que tenían acceso a los Vedas, el
joven fue a ver a uno de ellos y le dijo: - Señor, mi padre es un hombre
terrible que esclaviza a su pueblo. Come y bebe a todas horas sin parar, se
avergüenza a sí mismo y nos avergüenza a todos los demás. Además, quiere que yo
siga sus pasos. Mi madre, al contrario, apenas come ni duerme, ya casi no habla
y se ha encerrado en sí misma. Un intenso sufrimiento se ha instalado en mi
alma y no sé qué puedo hacer para dejar de sufrir, para cambiar lo que está
pasando – El sacerdote, mirando al joven, con aires de grandeza, le dijo: - Si
quieres dejar de sufrir tienes que recitar diez veces al día tal y tal oración y
encender tantas y tantas velas – Así, el muchacho, muy contento, regresó a casa
e hizo como el sacerdote le había indicado. Sin embargo, al cabo de unos meses,
regresó al templo, buscó al sacerdote, y le dijo: - Señor, he hecho todo lo que
usted me aconsejó, pero mi padre sigue siendo un hombre terrible y mi madre
sigue sin comer, ni dormir, ni hablar… Mientras, yo sigo sufriendo y no sé qué
puedo hacer para dejar de sufrir ni para cambiar lo que está pasando – El
sacerdote, enojado, replicó: - ¡Eso es porque no has rezado con fe! Vuelve a
casa y pon más fe en tus menesteres. – El pequeño, aunque había puesto mucha fe
en sus plegarias, no quiso discutir con el Brahmán e hizo como se le había
ordenado, volvió a casa y rezó con mucha más intensidad, no obstante, al cabo
de unos meses, regresó a buscar al sacerdote y le dijo: - Señor, he hecho todo
lo que usted me dijo, pero mi padre sigue siendo un hombre terrible que se
avergüenza a sí mismo y nos avergüenza a los demás, y mi madre sigue sin comer,
ni dormir, ni hablar… Mientras, yo sigo sufriendo y no sé qué puedo hacer para
dejar de sufrir ni para cambiar lo que está pasando – El sacerdote, harto del
mocoso y de sus quejas, quiso cargarlo de rituales, por lo que le ordenó un
ayuno sobrehumano seguido de larguísimas oraciones y de una peregrinación a la
Ciudad de Varanasi para bañarse en el Sagrado río Ganges – Así, el joven,
realizado todo lo anterior, al cabo del tiempo, regresó a ver al sacerdote y le
dijo: - Señor, nada de lo que usted me ha recomendado ha servido para hacer
cambiar a mi padre, para que mi madre se recuperara y para que yo dejara de
sufrir – Pero el Brahmán, encogiéndose de hombros, se dio la vuelta y no le
prestó más atención. Así, el joven aprendió que una cosa era la devoción a la Deidad,
la necesidad del ser humano de buscar, conocer y comunicarse con la Fuente, con
el Ser Supremo, con Dios, e incluso lo propicio que es pedir guía y apertura al
Creador, y que otra cosa bien distinta era el modo de salir del sufrimiento, sus
causas y sus remedios.
No obstante, reflexionando
sobre lo anterior, el pequeño se dio cuenta de que, en aquella sociedad,
ligaban íntimamente el sufrimiento con la Voluntad de Dios, y que sólo pidiendo
Su Intervención, los hombres eran capaces de dejar de sufrir. Pero él mismo
había descubierto que, no por mucho rezar, desaparecía el sufrimiento y sus
causas. Su madre, que siempre había sido fiel a su religión, sin embargo, no
había podido encontrar el camino de la felicidad. - Por tanto – siguió
reflexionando - necesariamente Dios y el sufrimiento deben ir por caminos
distintos - En ese momento vio cómo alguien ponía una olla en el fuego para
cocinar y pensó - Quizás el sufrimiento sea como el agua de esa olla. Si
alguien le acerca una llama, el agua hervirá y, por mucho que yo rece pidiendo
a Dios que evite que el agua hierva, mientras no la aparte del fuego, seguirá su
proceso natural. Por tanto, mientras no descubra las causas del sufrimiento y,
como el fuego, no lo aparte de mí, el agua seguirá hirviendo y yo seguiré
sufriendo.
De esta manera, el pequeño se
precipitó hacia la búsqueda del conocimiento que le mostrase la vía para salir
del sufrimiento y, por el camino, descubrió el budismo y se hizo monje. Años más
tarde fue enviado a predicar a China y, en uno de sus retiros, en la íntima
contemplación de sus meditaciones, le fue revelado que todo en la naturaleza,
como una bella melodía, estaba en perfecta armonía, excepto el ser humano, que
se empeñaba en poner la nota disonante. Por tanto, dejándose llevar por la
música cósmica que era capaz de oír, tras sus sesiones de meditación, se
levantaba e, imitando los movimientos de los animales que veía, danzaba al
compás del universo, fundiéndose en un Todo armonioso, percibiéndose, ahora sí,
como parte íntima de lo más Sagrado, Equilibrado, Pacífico, Sereno y Perfecto. Como
una gota de vida que volvía a la Vida. Como el río que se funde en el mar…
Este hombre fue conocido en
Shaolin con el nombre de Da Mo, donde todavía se guardan algunas de sus reliquias,
pero en occidente lo llamamos Bodhidharma, el padre del Kung Fu y de las artes marciales
chinas.
Extracto del Libro: DEL TAI-CHI AL TAO

